viernes, 5 de junio de 2015

Chica de Oro - Capítulo 4 - Hawái

El temor y las dudas me invaden de noche. Me vuelco a los libros y amanezco dormido en el piso. En el sueño, al parecer derramé el café que ahora lo mancha todo, incluso unas anotaciones que empece anoche. Mi vecina habla fuerte por teléfono como todas las mañanas y sus perros corretean como siempre haciendo temblar mi techo.Le contesto unos mensajes a Laura y decido arrancar mi día. Le prometí a mi vieja ir a almorzar con ella. Quiere preguntarme acerca de mi regalo de cumpleaños.  Para mi cumpleaños falta nada. Apenas un puñado de días. Algunos amigos sugieren un festejo algo desaforado, lo cual no estaría nada mal, pero estoy en plan de paciencia. Estoy a la espera de la confirmación de la venida de Chica de Oro. Todo al parecer será distinto esta vez. Avisa que hará lo posible para llegar y acompañarme al recital de Aristimuño.
Junto a una canción, recibo que llegó hace tres días, que esta en la casa de su mamá visitando a su familia, que tratará de ver a su padre, aunque siempre se escabulla por ahí y ella tenga que ingeniárselas para poder tener una charla con él, pero que mañana llegará a la ciudad y quiere verme. Seco y no exaltando mi interés, le comento que tendré la tarde noche del miércoles libre. En realidad podría mañana, pero quiero tomarme un día para aplacar los nervios, las ganas y todo lo que a mi alrededor gira en este momento.
Es rara la música, hace que las canciones traigan recuerdos, o mejor aún, transforma los recuerdos en canciones. Ese poder fue el que acortó las distancias para volver a vernos. Me tiro en la cama y se me vienen encima los primeros días de su viaje. Los días que la extrañé como nunca. Los días que esperaba sentado sus mensajes, los días que me iba a dormir sin haber recibido ninguno de ellos. Los días en que no habian ni risas ni caramelos.
El miércoles debo trabajar pero me iré bien temprano para su encuentro. Hay pronóstico de lluvia y ese día llueve nomás. El encuentro que sería al aire libre pasa a ser mi a departamento y le doy las gracias al agua. Supongo que estare un poco mas comodo de local.
Suena el timbre y el tan esperado momento llegó. Bajo y esta ahí. Con los auriculares puestos. Tenemos los mismos. Grandes, grises. Tiene el pelo un poco mas corto, las uñas pintadas.  Sus lentes, de marco grueso y grande. Nuestro saludo es un abrazo en silencio. Eterno. Hermoso. Se ríe y me toca la nariz. "Aca estamos", son sus palabras.Le toco el lunar que carga en su mejilla izquierda de manera avasallante y la invito a subir. Hay buenos deseos, preguntas y saludos a nuestras familias de por medio. Encuentra algo cambiado mi departamento y lo recorre. Me dice que salió apurada, pero que traerá a mi muñeco de nuevo a casa. Que siempre también me recordó a traves de él. Que ha sido un regalo noble de mi parte, pero que es muy mío y me pertenece. Si asi lo quiere, está bien.  Nos sentamos y empieza nuestra charla. Mientras, saca chocolates para que merendemos. Preparamos unos tés que compramos juntos en uno de nuestros viajes y de su bolso saca unos libros de bebidas, unos ajíes ultrapicantes en conserva, una mermelada casera hecha por su abuela y una carta de su puño letra. Me conoce, sabe lo que me gusta. Sigue tan fresca como siempre. Acusa que tiene frío y se acerca. Yo tengo la mente congelada, no puedo pensar. No aprovecho la ocasión y le doy abrazo que ni siquiera contaría como tal. Me tomo todo con calma y me invita a dar una vuelta. Juntamos las cosas y salimos al ruedo. Sin decir una palabra, al emprender camino, me toma de la mano. La suelto y y hago como si buscara algo en el bolsillo. No busco nada, solo secarme las manos. Los nervios me han traicionado y las tengo algo húmedas. Me repongo y ahora si, soy yo quien la toma. Lo he logrado. Me lleva de su mano sin ni siquiera pedirlo. Dejo mi cuerpo irse con el suyo. No hacen falta las palabras. Todo ha encontrado un rumbo inesperado, pero esperado a la vez. En el fondo, muy en el fondo, tenía la esperanza de que algo parecido sucediera. Esa esperanza que era un hilo ahora es una cuerda gigante y firme. Me avisa que tiene mucho tiempo y que puede quedarse hasta que empiece a aburrirme. Que tiene ganas de quedarse a dormir. Que picardía. Chica de Oro jamás podría aburrirme. Sería insólito.
Me llama mi hermano y le manda unos saludos. Estaba al tanto de todo. El es fan de nuestra relación. Supone que estamos vestidos parecido, como creo que muchas veces lo estamos, o al menos parece que tenemos el mismo estilo. Quiere vernos tomados de la mano y con la mirada de uno sobre el otro. Siempre dice que nuestro cariño es notorio a simple vista y que deberiamos mirarnos a un espejo para comprobarlo.
Camino a la playa, Chica de Oro pide pasar por su departamento. Nos queda de pasada. No quiero subir. Todo ha sido muy fuerte y hace un buen tiempo que yo no piso ese lugar. Le digo que prefiero esperar abajo. Me siento en la escalera mientras en la avenida empiezan a prenderse las luces. Baja y pone un pañuelo grande en mi cuello. Dice que es mas para mi que para ella.
El sol parece esconderse. Es de esos días de sol tibio que uno debe aguantar la embestida de la brisa con un buzo así como el que tengo puesto, livianito. Se esta haciendo un poco tarde. Nos convidamos unas galletitas y unas palmeritas que compramos en la panadería que queda a la vuelta de casa, una que siempre parece que está cerrada. Pero hay que apenas empujar la puerta para saber que no. Es casi una panadería a puertas cerradas. Me acerca un mate y me pregunta acerca de mi decisión de querer volver a verla. Me pide que me saque los lentes porque quiere mirarme a los ojos. Me siento y me tomo mi tiempo para darle una respuesta razonable, decorosa y que no dañe mi orgullo de hombre. Me acomodo en la arena como cuando era niño y mi hermano debía traerme hasta aquí. Miro a un grupo de personas haciendo acrobacias. Nunca fui un virtuoso en eso en el colegio. A la gente le llama le atención, a mi también, aunque de tanto verlo, me aburre un poco. Los perros corren, porque a esta altura del año, cuando la playa está tomada por nosotros, los de acá, los perros pueden andar por ahí como andan, haciendo pozos y divirtiéndose a su manera.
Estoy algo nervioso y lo nota, no lo estaba desde que fui a su encuentro hoy temprano. Porque siempre que fui  a su encuentro me pongo nervioso, hasta que me saluda con su sonrisa.
Junto todo mi valor y me animo a preguntarle lo que no me animé nunca. Le pregunto si acaso se había olvidado de mí. ¿Porque me trató como un extraño? Casi tan extraños como antes de conocernos, creo. Porque yo quería saber qué hacía, que comía, si se tiraba en la cama como en mi habitación o si cada vez que le iban a abrir la puerta la encontraban cantando como cada vez que bajé a abrirle. Y lo supe pocas veces. Contadas las veces. Y se me viene a la cabeza que tiene una deuda conmigo. También la sensación que esos días para mí no fueron una estadía en Hawái. Porque esos días empecé a recordarla borrosa de tanto pensarla. Se me confunden las ideas. El cielo se nubla como para ponerle más escenografía a nuestra charla y hay un silencio que sólo puede cortar el ruido del mar. Y hacemos quedar todo a la mitad. Nos recostamos juntos en la arena y lo dejamos todo ahí. Todo termina en un abrazo y está bien. Es un síntoma de que algo hemos crecido, juntos y por separado.
Definitivamente, jamás volveremos a ser extraños, con todo lo que eso implica.
Me río y me acuerdo que pensaba todos los días en ella con una canción distinta. Pero no se lo digo, sería alimentar su ego si lo hago. Y todavía me queda algo de miedo adentro. Unas gotas. Pero a favor tiene que ese miedo empezó tan grande como toda el agua que tenemos enfrente. Entonces como para que la agarre en el aire, le digo que quiero hacerle escuchar un par de canciones que me recordaban a ella durante su viaje. Me retruca que tienen el típico sonido que me gusta y algunas rimas forzadas. Raro. Pero creo que tal vez no haya notado, que ya es su sonido también.