viernes, 14 de octubre de 2016

Bonusgalaxia

Llegué exhausto por las horas de viaje. Me bañe y quede a la espera de White, sentado como un niño, asustado por la inmensidad de la ciudad, ahí afuera debajo de unas plantas. Ese iba a ser a mí entender, uno de los lugares más frescos que tuve durante mi estadía. Hay unas bicis, un lavamanos con unos azulejos azules y un limonero que cruza desde su casa hasta el hostel. Un perro que no para de ladrar y un gomero gigante que parece no tener fin, como ese que esta por Defensa en San Telmo frente a un estacionamiento. Como soy medio pelotudo y estoy en otro país, tengo la esperanza de que el perro ladre en otro idioma o algo así. Siempre pensé esas cosas de chico. Lo último que hablamos con White antes de venir es acerca de una mina que conoció, que habían quedado en salir y se pinchó. Ella acusó que estaba de capa caída, lo que a los hombres nos hace suponer varias cosas: que todavía le revolotea el ex o que a veces las minas son medio complicadas y esta capaz no se había depilado. ¿Vieron que esas cosas para ella son como letales?, hasta te puede cagar una salida. Me contó que esta buena y tiró un dato interesante. Labura ayudando en los cajeros automáticos de los bancos. No puede no estar buena. Las minas que laburan de eso siempre lo están. Es un axioma más de mis amigos que compro a ciegas.
Aprovecho la espera para conectarme y decirle a mi hermano que llegue bien. Que saldré a conocer. Llega White enfundado en sus lentes de Wally, chocamos los puños, nos damos un abrazo y nos metemos de lleno a las subidas y bajadas de Santa Teresa. Todo tiene un color tan pintoresco que me hace sentir bien cómodo. Llegamos hasta las escaleras de Selarón, donde hay fotos obligadas y me culpo por tener un celular tan básico. Miro alrededor y es como si el arco iris hubiera bajado a esas escaleras. Nos perdemos en los colores hasta llegar por primera vez de muchas veces a la Casa da Cachaca. Un barcito chiquito donde la gente ya está tomando cerveza bien temprano y nosotros vamos a seguirlos. Tienen un listado de cachacas interminable. Me vuelvo loco leyendo, le mando fotos a mis amigos que encontré una carta de bebidas como la que me quería encontrar. Nos sentamos en la vereda y le comento a White que estoy sin trabajo y recién separado, lo que a prioiri suena como una dupla indestructible. En realidad hay una punta de un laburo en el sur, pero todavía nada en concreto, supongo que irme seria bien de cagón. Mi barba acentúa lo que le dije y nota cierta dejadez en mí. Le cuento que traje unas canciones en el cuaderno para que le ponga guitarra y un par de relatos a medio terminar porque aproveche las horas de viaje para poner algunas ideas en el cuaderno, pero que en conjunto ya tiene nombre, se van llamar algo así como Mi favorita en el mundo, o parecido. Que ya tengo listo uno que se llama Cien burros contra mil robots por una ocurrencia de mi sobrino hace dos días, pero que al parecer, quedara en el medio de algunos capítulos. Las canciones creo que están buenas, fueron escritas para ella y las estoy balbuceando porque no se cantar y si lo hago, lo hago mal. White lo hace un poco mejor pero creo que a ninguno de los dos nos da. Entonces prefiero que él le ponga la guitarra y yo hacer las bases con la compu y demás y que la cante otra persona.
Mientras damos otras vueltas y vemos pasar al bondinho, White me va diciendo los sí y los no del lugar, con las precauciones de rigor. También asegura que debemos ir al bar de Gómez y al mercadito porque cierra a las 7. En realidad después descubriría que el bar de Gómez se llama de otra manera, pero para todos es el bar de Gómez . Entonces hacia el mercadito vamos medio apuro. Después de que conocí el bar de Gómez, supe que sería uno de mis bares preferidos para siempre. Y eso que tengo un par de bares encima. Era lindo llegar y que digan: llegaron los argentinos, así con una sonrisa bien grande y que sepan la carta de cachaca de pe a pa, comentándote las características de cada una. Me volvía derretible. Todos los mozos eran de antaño y seguramente tenían mas años trabajando allí que los tengo yo, y al parecer, la camada nueva, porque había algunos jovencitos, habían entendido de manera optima el legado, porque todos juntos, viejos y nuevos, estaban simpáticos y sincronizados todo el tiempo.
En el mercadito compramos unas pizzas para hornear y birra en cantidad. Cuando agarré las pizzas sentí algo concreto: que me iba a cagar de hambre ahí mismo o dentro de 20 minutos, pero mire bien, y era lo único confiable. Las salchichas estaban algo grises y el que corta la carne no se sabía bien si te iba a atender o te iba a acuchillar. Entonces morimos con las pizzas. Nos hacemos locales en la cocina y se suma Gusta. Me toca cocinar. Bueno, en realidad meter las pizzas al horno y estar a cargo de la música. Metemos un par de verduras conocidas que también compramos como para hacer bulto. Cuando subo el volumen, aparecen 3 chicas saludando y preguntando que escuchamos. Parecen chilenas pero no, son de Mendoza, como White. A favor, hablan el mismo idioma. En contra, solo una escucha lo que escuchamos. Me quedo hablando mientras cocino y me pasan unos mates, unas birras, unas birras y unos mates. Todo junto. Si bien ya llevamos un tiempo hablando no sabemos nuestros nombres. White le grita desde atrás a la que está hablando conmigo, que lo está haciendo con el Monkey kid. Entonces me da la mano y me dice: Monkey kid, soy Florita. Florita, por lo visto, es la única delas tres que al parecer no es de las que lee el horóscopo o que se siente bendecida o enferma en las redes sociales. De movida coincidimos en algo. Tenemos un tatuaje a la misma altura en la parte de atrás del brazo, y los dos pensamos que Gusta tiene un aire a Juan Darthes. Esta vestida como se visten las minas pop de ahora, como con ropa de los ´80. Tiene buen estilo. Se podría decir que la piba tenía un bonusgalaxia con la ropa. Es como si hubiera agarrado lo mejor de los ´80 y lo de hoy y lo hubiera mezclado, quedando así, casual. Le gusta Las ligas menores y la pone mal igual que a mí, el tema Renault fuego.
Las invitamos a comer y no tienen pinta de viajeras de hostel. Acentúa lo que pensamos cuando Florita dice que estuvo alojada en el hotel cajetilla que trabajabamos con White,  mientras nos muestra algunas fotos de luhares que conocemos bien de cerca. En una aparece el pianista, mi querido Preto, un ser que tiene de zen lo que tiene de zarpado. White dice que no hay más histérica que mina mendocina, lo cual me da a entender que no tuvo un desempeño feliz en lo sentimental durante su estadía en Cuyo. Me da cosa preguntarle si la puso poco por ahí o que. Pero todo suena a que le fue mal. Gusta, anuncia hippies con Osde, pero dice que son copadas y hace una exhaustiva metáfora sobre la relación entre viajeros y viajeras, pero cierra el círculo en que son copadas. Me gusta cuando divaga. Se pone en off, como cuando mira los documentales esos que tanto le gustan. Llega una alemana y White me tira al oído que está más buena que un choripán a las 6 de la mañana, yo me hago el boludo y asiento medio de costado. Nos invita a una fiesta latina abajo del barrio, así que por lo que se ve, deberemos bajar al centro después de comer. Se suman un par más. Nos agrupamos. Somos de todos lados y los idiomas se mezclan entre los ruidos de las motos que nos pasan así de finito. El calor es insoportable, aun siendo las 11 de la noche.
En la famosa fiesta latina somos los únicos latinos. Como con German tenemos una amistad re linda y también muy boludona, le mando mensajes de audio diciéndole que estoy en una fiesta latina con el tono de Latino Solanas, el personaje de Capusotto. Tenemos suecas y holandesas frías bailando a nuestro lado. Yankis de tiradores sentados que solo filman y unas japonesas que por suerte no bailaron, porque las vimos cuando querían empezar a intentarlo, y eran malísimas. Le ponían menos onda que mina sin estado de Whatsapp.
Me siento bien. White me abraza y me dice que es lindo verme por ahí. Corre la pista como un wing nervioso sobre la raya y vuelve una y otra vez con un par de cachacas. Lo conozco cuando se está poniendo en pedo. Quiere tirar una del Kun Agüero y encararse a una rellenita que le sonrió mientras venia hacia nosotros. Es un borracho melancólico. Seguro ahora en un momento va a decir que me quiere y que extraña a Flor, con quien compartía ruta hasta hace poco. Tira una sarta de palabras inflamables y un par de abrazos. Me pide que disfrute. Que me limpie la cabeza. La fiesta, de latina no tiene nada. Están unos tipos tocando un funk furioso, con un set de vientos implacable. La fiesta es súper plástica, como las de la tele. Me quedo parado mirando a la banda porque la verdad que son altos músicos y suenan más que bien. Nos sentamos y las mendocinas piden unas caipirinhas de rigor. Florita me cuenta que están de paso, que estarán solo dos días y siguen viaje. Le digo que tendré la mañana libre porque White y Gusta trabajan y me ofrezco llevarlas hasta el único lugar que se llegar por el momento: la escalera Selarón, que quedará a unas 10 cuadras del hostel. Tengo buena memoria para las calles, de tal modo que German en Capital alguna vez me apodo Guía T, en honor a esa guía para los recién llegados a Baires. Les avisa a sus amigas y quedamos a las 9 en desayunar y salir. Se hacen algo de las 3 AM, yo estoy reventado y empezamos la vuelta. Hay gente como si en Marpla fueran las 7 de la tarde de un 21 de enero.
En la vuelta, Florita me supone indie por mis ropas, que llevo muy poca debido al calor. Me pregunta que me gusta y que no. Le digo que no me gusta la gente de perfil alto, que pide las cosas de mala manera y los que entre amigos, cuando llega la cuenta dice, yo tome media cerveza y gaste $17,23 contando centavo por centavo. Que me gusta la gente que se tira al pasto, que canta las canciones que le gusta y que no finge ser nada más de lo que es. Cuando termino de decirle, por alguna razón mientras subimos hacia el barrio tengo la suerte de que mis zapatillas se desaten, nos atrasamos unos metros y avanzamos apenas algunos más. Quedamos últimos con los chicos del grupo ya cruzando la calle. No, no, que nadie suponga chamuyo. En ese momento, cruza una moto, se baja un tipo con casco y apunta con un arma a White y a cualquiera que se cruza. Si, están a punto de robarnos, y de fea manera. Yo solo tengo ganas de gritarle: Che loco, déjame una. Estoy separado, no tengo laburo. Me vengo a no sé qué acá y me queres afanar?. Pero no me sale nada por el momento. Me quedo helado, nunca supe que reacción tendría ante una situación así y por suerte tengo una rápida, pedirle a Florita que empecemos a correr para atrás. Tengo igual de guapo que de cagón. Les grita a sus amigas. El tipo se vuelve a la moto y se va sin hacer nada. Pasa delante de nosotros y nos mira. Me tiembla el cuerpo. Caminamos todos en silencio las cuadras que nos separan del hostel. Linda bienvenida a mis vacaciones. Estoy con una racha interminable. Intento un chiste malísimo, y todo sigue en silencio. Soy alto boludo.
Nos sentamos en la escalera de la entrada y nos sentimos seguros. Me agradece mi reacción y me cuenta que es psicóloga, y que si bien todos suponen que esa clase de personas tiene un plus ante las situaciones, me dice que esta vez la tapó el agua. Le cuento el porqué de mi estadía allí y que vengo de comerme una mentir tras otra en la cara. Que me canse de que me hicieran sentir mal y que me prometí estar bien. Que estaré un par de días y después seguiré viaje al norte, a Ouro Preto a morirme de calor un rato. Que estuve un rato en San Pablo y es un monstruo. Ella me cuenta de su novio o algo parecido. Me tiro en la hamaca paraguaya con una cerveza en la mano. Me dice que si me voy para el sur, no viviré tan lejos de donde ella vive y en ese caso, promete una visita porque su cuñado va y viene por la zona y se puede enganchar ahí. Le digo que estaría bueno. Que ahora quiero dormir. Le deseo que siga bien su camino y que nos mantengamos en contacto, por si no me levanto temprano para llevarlas a donde quedamos. Pasa Gusta y dice que dejara medio porro en la cocina para quien lo quiera. Voy hasta la heladera y agarro una lata de cerveza que quedo a mi nombre. Mientras subo a la habitación, Gusta sale del baño y va hasta la cocina, se vuelve y agarra su medio porro.